a tu mamá también
Intenta con moverte de lugar
ese es el primer paso.

Por ejemplo
moverte al otro lado de la habitación
sentarte en el piso un rato
ir al segundo piso
tirarte en la cama o el sofá.

Moverte
vas a ver lo bien que siente
no tienes que explicarle nada a nadie.

Solo muévete de lugar.
Hoy escribiste, solo para recordarme que la estás pasando mal, solo para notificarme que también es difícil para ti. Quieres dejar claro que la vida se quedó varada en algún lugar de una ciudad imposible. Yo también llegué a otro destino pero por una ruta distinta. Aquella que decidimos no compartir por ir en búsqueda de eso que, diferenciadamente, necesitábamos.

Al igual que tú, en este punto, también he asegurado que tomamos la mejor decisión.
Se me va la vida
esperando que tomes tu lugar
que acomodes de una vez
tu futuro en mi sala.

Se me está yendo la vida.
Escribo
tomo una pausa
leo artículos en internet
salto de página en página
prendo la televisión
escribo otra vez
escribo
escribo.

Y no logro encontrarme.


Más días en "cuarentena", más días en donde se me complica mucho dormir, más días dándole vuelta a la idea de irme de Lima apenas pase todo esto.

Decido llamar a Violeta, avergonzado, con la cola entre las patas, pido perdón, me pide unos días para pensar sobre el asunto de fin de año y cuelga. Intento escribir y termino comprando un ron y armando unos porros porque lo único que quiero es dormir, 12 horas corridas u 8 horas, pero dormir. Cuando estoy bloqueado creativamente a veces tomo decisiones radicales o estúpidas, depende desde donde lo veas.

Me pongo a ver una película de Tarkovsky un viernes por la noche y termino soñando. Mi subconsciente me recuerda lo egoísta que he sido con Violeta y me levanto pensando que lo mejor sería dejarla ir. Es un patrón masculino histórico y cojudo el sentirse miserable luego de no haber sido responsable afectivamente cuando tenías la oportunidad. En la mayoría de casos es demasiado tarde y yo ya tenía el título del "rey de la puntualidad" en la frente.

El sábado me levanto al mediodía, aún con resaca, tomo mi bicicleta y me voy a manejar sin audífonos, la cabeza me revienta y la ola de la lucidez me recuerda lo ahogado que estoy en mi ansiedad. Voy desde Los Olivos hasta San Miguel, me abraza el ruido de la ciudad y me dejo atrapar por él. Pedaleo con bronca, con un mal sabor en los labios, con la rabia de un niño que acaban de negar la salida al recreo o la de un adolescente que le quitaron el celular como castigo.

Regreso en la noche, agotado, con las piernas adoloridas y temblando, arrastro los pies por toda la casa y voy directo a hundirme en la ducha. Sigo pensando en Violeta, en esta pandemia del mal, en los políticos de mi país que no ayudan para nada. Prender la televisión es un bombardeo a tu salud mental, así como las redes sociales. El celular se enciende, salgo apresurado, intento secarme las manos lo más rápido posible, es Violeta: "¿Mañana quieres ir a manejar bicicleta? Ahí hablamos, más tranquilos."