Tengo que escarbar en mi memoria
para ponerme a escribir.

Tengo que sacudir la caja
de mis recuerdos
para armar una frase
una oración
terminar un párrafo.

Tengo que recordar el color de tus vestidos
tus manos moviéndose por aquel presente

ahora convertido en un pasado
difícil de sobrellevar.
Se me va la vida
esperando que tomes tu lugar
que acomodes de una vez
tu futuro en mi sala.

Se me está yendo la vida.
Escribo
tomo una pausa
leo artículos en internet
salto de página en página
prendo la televisión
escribo otra vez
escribo
escribo.

Y no logro encontrarme.


Más días en "cuarentena", más días en donde se me complica mucho dormir, más días dándole vuelta a la idea de irme de Lima apenas pase todo esto.

Decido llamar a Violeta, avergonzado, con la cola entre las patas, pido perdón, me pide unos días para pensar sobre el asunto de fin de año y cuelga. Intento escribir y termino comprando un ron y armando unos porros porque lo único que quiero es dormir, 12 horas corridas u 8 horas, pero dormir. Cuando estoy bloqueado creativamente a veces tomo decisiones radicales o estúpidas, depende desde donde lo veas.

Me pongo a ver una película de Tarkovsky un viernes por la noche y termino soñando. Mi subconsciente me recuerda lo egoísta que he sido con Violeta y me levanto pensando que lo mejor sería dejarla ir. Es un patrón masculino histórico y cojudo el sentirse miserable luego de no haber sido responsable afectivamente cuando tenías la oportunidad. En la mayoría de casos es demasiado tarde y yo ya tenía el título del "rey de la puntualidad" en la frente.

El sábado me levanto al mediodía, aún con resaca, tomo mi bicicleta y me voy a manejar sin audífonos, la cabeza me revienta y la ola de la lucidez me recuerda lo ahogado que estoy en mi ansiedad. Voy desde Los Olivos hasta San Miguel, me abraza el ruido de la ciudad y me dejo atrapar por él. Pedaleo con bronca, con un mal sabor en los labios, con la rabia de un niño que acaban de negar la salida al recreo o la de un adolescente que le quitaron el celular como castigo.

Regreso en la noche, agotado, con las piernas adoloridas y temblando, arrastro los pies por toda la casa y voy directo a hundirme en la ducha. Sigo pensando en Violeta, en esta pandemia del mal, en los políticos de mi país que no ayudan para nada. Prender la televisión es un bombardeo a tu salud mental, así como las redes sociales. El celular se enciende, salgo apresurado, intento secarme las manos lo más rápido posible, es Violeta: "¿Mañana quieres ir a manejar bicicleta? Ahí hablamos, más tranquilos."


En cinco meses, Floyd es una bola de pelos rodante y sonora,
duerme horas, se levanta, se apropia de los parques y vuelve a dormir.

Me ha enseñado tanto. Parece que está decidido a nunca
ser un perro adulto, en ir de un lado para otro, desenfrenadamente,
bien dicen que los perros se parecen a sus dueños.


Volver a las "aulas" por estos tiempos significa avateres
de diferentes colores y elementos.

Definitivamente muchas cosas
no volverán a ser como antes.


Volver a leer, así sea en digital, fue terapéutico.

El primer día del año caminé más de una hora
en una carretera, Violeta dejó de instir con las llamadas.

Ya estaba en Lima. Poco iba a durar
la salvación de mi dignidad.