Si hubiera sabido que no te volvería a ver
luego de haberte visitado
quizá nunca habría tomado ese vuelo.

Pero un día metí la computadora a la mochila
y crucé un país para verte bailar
entre ovejas y riachuelos,
para hacer realidad esas caminatas
y pagar las chelas pendientes.

Te vi aparecer desde una calle de la plaza
y olvidé la maldad del mundo,
me dejé arropar en tu exilio voluntario,
en tus historias de aventuras lejos de la ciudad
junto a calientitos y juegos de mesa.

Me diste asilo y no supe que necesitaba sentirme así
hasta el día que decidiste tomar tu propio vuelo.
Las cartas que escribí antes
de que tomaras ese avión
las dejé olvidadas en Lima
junto a las tazas de café
que bebimos con demasiada prisa.

Junto a la bronca,
y los manteles de la casa,
junto a los sueños que ahora
se secan frente al sol.
Me desbloqueo. Con tu voz en mi oído, café y un abrazo. Con tus manos rodeando mi cabeza. El brainstorming es un juego de niños a tu lado. Cuelgo el marketing, la publicidad, las tareas, y vuelvo a pasar por tu casa, a robarte títulos y frases para mis escritos.

Las ideas se suben al taxi y me has dejado tu gel de manos en las yemas de mis dedos para que te recuerde, para no olvidar que hoy te vi y me he puesto a escribir. Para tener presente que mis bloqueos creativos desaparecen si te veo.
Me he memorizado un mayo,
mi reloj marcando las 7:00 a.m.
y nuestro primer saludo.

Un color, el azul
un plato, el ceviche
una fruta, el durazno
una alergia, al polvo.

Me he memorizado
tus dosis exacta de Kitadol
y que no toleras la lactosa.

Que amas hacer maletas
subirte a aviones
e irte lejos
en búsqueda de los
más bellos atardeceres.

Me he memorizado
que tu sonrisa le hace
bien a mi vida.

Que tu risa
le hace bien al mundo.

Todo está cerrado en estos tiempos por eso Violeta y yo caminamos mucho. Nos conocimos en mayo, en plena cuarentena. A veces nos miramos con complicidad, no lo decimos pero lo pensamos: ¿quién se enamora en una pandemia? ¡Nosotros!, nos respondemos en silencio, como alzando la mano en plena clase. Los parques, los que aún cuentan con bancas y poco resguardo policial, se han vuelto nuestros puntos de encuentro. Siempre con los protocolos, incumpliendo el más importante, quizá: el metro de distancia.

Cuando la conocí solo llegué a ver sus ojos por encima de la mascarilla y supe que no había vuelta atrás. Hablamos de todo menos de la pandemia. Lo que parecía un escape del caos mundial terminó siendo un giro para mi vida de 360º. Ahora quiero ser chef y diseñador de interiores. Quiero que esta crisis se acabe e irme con ella a Colombia o a Buenos Aires, aunque pareciera que no tuviera cuando acabar, quisiera estar haciendo postres nuevos en todas las pandemias que vengan.

Violeta me cuenta de Ilo, de su infancia en el puerto y de su etapa en la universidad. Yo me quedo mirándola, hipnotizado de sus ojos y de la forma en que hace bailar sus lentes. Un día bajamos nuestras mascarillas y a la noche no dejé de poner su nombre en cualquier papel que se me cruzó. Me quedé pensando que de toda la música del mundo el sonido más sublime que había escuchado hasta ese momento, era su risa.

El mundo colapsa y aunque pueda sonar al más irresponsable, cursi o patético, por primera vez en mi vida no me importa si es el fin, al lado de ella y sus dos poodle, todo está bien.